Camino a la autenticidad

Nuestra educación y nuestros hábitos racionales nos desconectan de nuestro ser íntimo, de nuestro cuerpo, de nuestras emociones, de nuestros sentimientos y deseos profundos

Cuando nacemos no tenemos identidad separada del resto del mundo. Estamos fusionados con la madre, somos uno con el universo… Es como si tuviéramos una sabiduría infinita, universal, como si lo supiéramos todo. Todo está allí, en nuestro cuerpo, en nuestras células, en nuestra esencia. Al ir creciendo, vamos olvidándonos de esta sabiduría. Aprendemos a pensar, a hablar, a comunicar nuestras necesidades o emociones, y perdemos el acceso a ella. Nos vamos desconectando poco a poco. Cuando somos pequeños, lo primero es sobrevivir. Como bebés y niños crecemos gracias al amor que nos aportan nuestros padres y nuestro entorno. Nuestro objetivo es que nuestros padres nos quieran, nos cuiden, nos escuchen, estén con nosotros. A veces nos convertirnos en monos sabios para complacerles. En la adolescencia, el tema es ser aceptado y existir. Es construirse uno mismo como adulto. Es definirse consigo mismo y con los demás. Entender los códigos sociales y responder a ellos a nuestra manera, creándose una primera coraza para protegerse de las agresiones externas. Con nuestras primeras experiencias de adolescente. Nos forjamos nuestro estilo, nuestra postura con los demás. Nos construimos socialmente, nos creamos nuestra personalidad. Con ello, continuamos alejándonos aun más de nuestra verdad íntima. Adoptamos la visión del mundo y las creencias de nuestro entorno. Estas creencias se vuelven en nuestro universo, en nuestras referencias y vamos a considerarlas como verdad absoluta, como las únicas válidas. Como jóvenes adultos somos el producto directo de nuestra educación. En un mundo complicado, lo hacemos lo mejor que podemos. Nos adaptamos a las condiciones que encontramos y a lo que se nos exige de nosotros. En general son más bien las circunstancias que generan nuestras primeras experiencias de jóvenes adultos. Al cabo de unos años, llegamos a una cierta madurez y nos empezamos a preguntar quienes somos, si lo que estamos viviendo nos corresponde. Podemos sentirnos desalineados con nuestro ser más íntimo, preguntándonos lo que estamos haciendo con nuestras vidas. Entonces tratamos reconectar con nuestra sabiduría, nuestra esencia. Y no es fácil. Porque puede estar muy lejana de nuestro día a día. Qué ha pasado desde estos primeros momentos de nuestra vida en que lo sabíamos todo? Qué se ha desconectado? Los seres humanos somos seres complejos. Nuestra fuerza como seres vivos es nuestro intelecto, nuestra capacidad de pensar, razonar y analizar las cosas con racionalidad y lógica. Esto ha permitido a la humanidad la evolución que ha tenido, lo que ha conseguido para desarrollar sus civilizaciones, sociedades,... y contaminar el planeta. Porque este intelecto es también lo que nos pierde, lo que nos machaca. Nuestro cerebro racional es él que nos separa del mundo, nos desconecta de los demás, de esta armonía que teníamos al nacer. Es el que estructura nuestras creencias, nuestra visión del mundo. Es el que nos culpabiliza si no estamos alineados con la sociedad y sus expectativas. Es nuestro policía interior que nos impide fluir con la vida. Nuestro celebro racional nos obliga a este razonamiento incesante y nos desconecta de lo que sentimos, de lo que nos dicen nuestro cuerpo y nuestro corazón. Son como capas que nos aíslan de nosotros. Como las capas de una cebolla. Y es necesario pelar la cebolla para volver a encontrar nuestra esencia, nuestra autenticidad, nuestro cuerpo. Porque nuestra verdad está en nuestro cuerpo. Nuestra mente está poco en el presente. Está dando vueltas revisitando el pasado o pensando en el futuro. Nuestro cuerpo, él, siempre está en el presente, en el aquí y ahora. El nos conecta con lo que somos, con donde somos verdaderos y donde nos mentimos. Nuestro cuerpo nos indica el camino. Pero para oírlo y entenderlo es necesario estar conectado con él, escucharlo, sentirlo. Y siendo tanto en el intelecto, nos cuesta sentir las sensaciones y emociones en el cuerpo. Vamos acumulando tensiones, contradicciones, estrés y no nos damos cuenta que le estamos faltando respecto, que lo olvidamos en el camino. En los últimos siglos de desarrollo de las ciencias y de la era industrial, estuvimos convencidos de que el hombre era un ser racional, lógico, intelectual. Esta fuerza y esta superioridad del ser humano eran valoradas más que todo. Como lo que diferenciade los animales. En los últimos años del siglo XX descubrimos que en realidad todo esto era mentira. Que la inteligencia humana, por más racional que sea, se basa exclusivamente en lo emocional, en lo afectivo en el hombre. Se descubrió gracias a los trabajos de A. Damasio que un hombre sin emociones no es capaz de tomar una sola pequeña decisión. Qué lección hemos recibido! Nuestra sociedad actual ha sido desarrollada con la visión del hombre robot racional e intelectual. Es hora de volver a poner a las emociones, a lo afectivo, al amor en frente del desarrollo de nuestras sociedades en el futuro. Es hora de todos continuar a pelar la cebolla para conectar con nuestro cuerpo, con nuestras emociones. Y como bien sabemos, pelar una cebolla puede hacer llorar!!! Puede que sea el precio de nuestro camino hacia la autenticidad. Cuando me amé de verdad, pude percibir que mi angustia y mi sufrimiento emocional, no es sino una señal de que voy contra de mis propias verdades. Hoy sé que eso es... Autenticidad.  Charles Chaplin

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